DIARIO DE UN MUNDIAL – DÍA 5.

Sábado 26 de agosto. Día pre carrera. Se acerca la cita. Nos levantamos a las 07:30 para desayunar y salir rápido a Lahti en busca de la bici. Estaba preocupado. No lo voy a negar. Y era para estarlo. Al llegar al box de Shimano vi la Cervelo subida en el potro. Me acerqué al mecánico y le pregunté si estaba todo bien. Su cara expresó preocupación y me cambió el color de la cara. Del tono moreno de Chiclana pasó a un blanco pálido que asustaba.

Me comentó que el cambio no funcionaba. Empezó a hablarme con muchos tecnicismos y le obligué a hablar más despacio para poder entender toda la metralleta de términos que estaba soltando. Resumiendo: había revisado todo y seguía sin funcionar. El lo achacó a la batería de la tija. Decía que por su culpa no mandaba información al cambio y no funcionaba. Solo me hablaba de la parte de atrás de la bici. Me soltó un: «lo siento. No puedo hacer más.» Y empezó a bajarme la bici del potro. Le dije que parase un segundo. Que me escuchara. Yo había tenido problemas con un cable de la zona delantera, en la potencia, donde va la centralita. Yo tocando ahí pude encender el cambio la noche anterior. Se lo hice saber. Entró en razón y me soltó un: » está bien. Déjame trabajar.»

Eso hice. Con un nudo en el estómago me fui de allí para dejarle trabajar, como decía. Mi pensamiento fue muy negativo. No le veía con ganas de solucionarme el problema y me daba miedo volver allí y que me dijese lo mismo: que no tenía bici. Empecé a buscarme opciones. Pensé en una bici de alguna chica que competía el sábado. Hablé con Jose Vela, del equipo Resistentia de Valencia pensando en la Cube de su chica Chloé. Por supuesto me dio su ok. Cosa que le agradezco desde aquí. Pero nada sería igual. Estar en un mundial y no tener la bici mía iba a ser un palo difícil de superar.

Le di una hora de margen. Allí me presenté a las 12:00 de la mañana. Ya estaba el Checkin a punto de abrir. No había margen de error. Bici o barbarie. Al llegar vi que ya no estaba con ella. Le pregunté y me la sacó de un parking que tenía en la zona de atrás. Vi llegar la bici con todos los cables por fuera. Se acercó y me dijo que estaba todo solucionado, que lo único que no había podido arreglar era el cambio de plato. No funcionaba. Tenía que ir con el plato grande toda la carrera. No era un problema debido al circuito llano. Lo de los cables por fuera me dijo que era la forma más segura de poder competir con ella para no volver a tener ningún problema de fricción con el manillar y que dejara de funcionar. Pensándolo fríamente, y tal como me dijo mucha gente, se había ahorrado meter los cables por dentro para seguir facturando con otras bicis y me contó una milonga. Yo estaba tan nervioso que vi funcionar los piñones y solo quería salir de allí.

Pero antes había que pagar. Me sacó la nota la chica de recepción y aparecieron números que no me cuadraban. 150, 125, 105, 199… ?¿?¿?¿?¿? Me lo sumó todo y me soltó un «579» que se me clavó en el corazón. Le dije que no podía ser. Tenía que justificarme ese importe. ¡150 euros! en mano de obra. Ni llevando una Porsche al taller… 125 de la centralita, 105 de 3 cables nuevos y 199 de la batería del cambio. No había opción: pagar o no competir. ¡MENUDO ATRACO! Y encima con los cables por fuera…

Me fui de allí bastante enfadado, pero había que cambiar el chip. En mi cabeza tenía que tener desde ya cosas positivas. Estaba a menos de 24 horas para un mundial. Nada podía distraerme. Había que focalizar el objetivo. Fui al coche con la bici con la intención de probarla. El tiempo había cambiado. Hacía bastante viento y frío. Me dio pereza vestirme de ciclista para 20 minutos. Y quién sabe si para tener algún otro problema en forma de caída, pinchazo o vete tú a saber. Así que decidí dar tres vueltas por el carril bici a un parque, cambiar 30 veces y comprobar que estaba todo bien. Y así fue. El problema – aunque sin poder tocar el plato – estaba solucionado.

Metí la bici en la T1, las zapatillas de correr en la T2, ambas separadas una de otra por aproximadamente 1 kilómetro, y nos fuimos al hotel. Ahora sí que sí era el momento de descansar, relajarse, pensar en la carrera, cenar bien y tratar de dormir.

Llegamos al hotel sobre las 17:30. Hablé con Agus que estaba también en Vierumaki para tomarnos un café en el lago de su cabaña. Pasamos un ratito de charla muy amena mientras visualizábamos el lago y la carrera del día siguiente. Él incluso se bañó. Yo iba con la intención, pero hacía rasca. Solo metí las piernas un poco en un lago más oscuro que un camión de alquitrán pero con una belleza alrededor espectacular. Es cierto que me esperaba los lagos más transparentes, no tan oscuros. Pero aun así, el sitio era increíble.

Nos fuimos a cenar pronto al bufé del Sport Center de Vierumaki. Allí coincidimos con la selección nacional de hockey hielo de la República Checa. Se respiraba sabor a deporte por los cuatro costados. La cena que buscaba era simple: carga de carbohidratos con arroz o patata, pocas grasas y una buena fuente de proteína. Conseguí arroz con atún y me de allí más feliz que una perdiz.

Sobre las 20:00 horas empieza volar por el chat de españoles la noticia del fallecimiento de una triatleta en la carrera del sábado. Había muerto en el agua. Al igual que una semana atrás en Cork, Irlanda, con otros dos triatletas por el mal estado del mar. Ironman sacó un comunicado certificando este hecho. Menudo mal cuerpo. Salvo accidente en bici o algo similar, los problemas siempre aparecen en el agua. Traté por todos los medios de que la noticia no le llegara a mi padre y por supuesto a mi familia que estaba en España. Fueron momentos de mucha tristeza. Perder la vida haciendo lo que más te gusta. Me ponía en la piel de su familia y… ¡ufff!

Por desgracia, la vida sigue. Último repaso a todo antes de dormir, melatoninas varias y a soñar con la mejor carrera de mi vida…

Deja un comentario